Funzi, la isla de manglares (y cocodrilos)

Banco de arena en Funzi Island

Costa de Kenya, marzo de 2017.- Funzi Island es, en realidad, un grupo de cuatro islas cubiertas de manglares, de las que sólo una está habitada. Apenas unas 1.500 personas –de origen Shirazi en su mayoría, musulmanas- viven en este pedazo de tierra, al que se llega habitualmente por mar (si tienes dinero y vas a un hotel de lujo, también por aire): una isla lo suficientemente remota y solitaria en Kenya para sentirse lejos de todo y dejarse enamorar por su pureza salvaje.

Más variada de lo que parece a primera vista (hay densos manglares y de varias especies, bosques, humedales y un río, el Ramisi, donde conviven aves y cocodrilos), Funzi es uno de esos lugares al sur de Mombasa para escaparse o incluso pasar unos días. Ahora mismo el conocido y lujoso The Funzi Keys está cerrado pero hay otras opciones de alojamiento.

Los atractivos básicos para una visita a Funzi son: los manglares, un paseo en barca por el río Ramisi para avistar aves y cocodrilos, una visita a pie a la aldea y un baño en el precioso banco de arena (sandbank) que emerge en medio del mar con la marea baja.

Los habituales tours en grupo desde Diani se hacen en vehículo privado. Como yo iba sólo, decidí ahorrarme esta parte del presupuesto, que para mí era bastante, yendo en transporte público: matatu + moto hasta el barco.

– ¿Estás seguro?- me dijo Virginia, del Bigkenya Tours de Diani, imaginándose a un blanco saltando con los baches en la parte trasera del boda-boda. Sonreí.

– Hakuna shida, mimi ni Mkenya (no pasa nada, yo soy “keniata”)

Funzi Island

Se puede hacer sin problema por cuenta propia. Sólo que tardas un poco más. Lo que sí es buena idea es contratar la excursión con una agencia (o un guía privado), en este caso una amiga de mi contacto en Nairobi (garantía de buen trato y precio). El guía ya se ocupa de todo y sabes que tendrás la lancha esperando en la orilla y después una comida de “seafoods” en su restaurante, bueno, una terraza con techo de makuti. De hecho, David, el guía, me dejaría en manos de Mohamed en la barca, ya que David tenía trabajo en la cocina.

Quedé con David en el Ukunda Posta, la oficina de correos de Ukunda. Aunque me levanté a las 6 de la mañana, al motorista se le pegaron las sábanas (o venía de otro servicio), se demoró y no apareció en mi puerta hasta casi las las 7 de la mañana. Con un poco de retraso sobre lo previsto, me encontré con David en el lugar indicado y andamos a la parada de matatus en Ukunda, donde por sólo 100 Ksh por cabeza nos pusimos en marcha en la carretera de Lunga Lunga. En principio es tan sencillo como bajarse en el Bodo Corner, es decir, el cruce del pueblo de Bodo, y de allí pillar una moto hasta el mar. Pero en Msambweni el conductor del matatu resolvió que no le salía muy a cuenta el viaje porque había conseguido pocos pasajeros, y nos invitó a bajar y subir a otro, sumando un poco más de retraso.

Ya en el Bodo Corner, 100 Ksh más por persona en piki piki (moto), en menos de 5 minutos nos encontrábamos en Bodo y acto seguido embarcando en la lancha rumbo a Funzi con Mohamed (mi nuevo guía por el archipiélago) y el capitán Dunga. Tras dejar a David en la cocina, nos dirigimos al Ramisi river para remontar sus aguas tranquilas. Y dejarnos abrazar, for fin, por la naturaleza y la magia de Funzi island.

Me cuentan que el bosque de manglar se extiende a lo largo de 7 quilómetros y unos 5 quilómetros de ancho. Existen en esta zona nueve especies diferentes de manglar (entre ellas la Avicennia marina –de hojas muy pequeñas-, la Rhizophora mucronata, el Ceriops tagal y la Sonneratia alba). Un hábitat perfecto para el mangrove crab, el cangrejo de manglar.

El río Ramisi desemboca aquí tras un viaje de 60 quilómetros. En sus aguas apacibles viven muy a gusto cocodrilos de hasta tres especies diferentes, entre ellos el Cocodrilo del Nilo, que puede llegar a medir 6 metros y pesar unos 700 kilos. El cocodrilo albino, por su parte, me dicen que se distingue por sus ojos rojos. Sólo consigo ver a un cocodrilo, pero me doy por satisfecho. El bicho asoma su cabeza en el agua, en la orilla, y se sumerge sin prisa después de acercarnos a él y fotografiarle durante unos instantes.

Funzi Island

Cocodrilo en el Ramisi River, Funzi Island

No muy lejos de allí, nos encontramos a los primeros pescadores echando sus redes metidos en el río hasta casi la cintura. No dudan en pescar aquí a diario, por donde se mueve en precarias embarcaciones y a pie entre las gruesas y retorcidas raíces de los manglares, que se clavan en el barro como barrotes. El manglar, como es bien sabido, es uno de los pocos árboles que tolera la salinidad del agua sin problemas.

Le pregunté al pescador si no temía a los reptiles. La respuesta resonó en el río mientras nos alejábamos: “Njaa!!”. El hambre, en swahili.

Un Giant Kingfisher a orillas del Ramisi river (Funzi Island)

Hay muchos parques nacionales en Kenya donde avistar, en una increíble variedad de hábitats, una fauna ornitológica única (más de un millar de especies, número sólo superado en África por el Congo, dicen). Sin ser el lugar donde ver a los pájaros más espectaculares del país, en aquella mañana, con un rato de agradecida llovizna para mitigar el calor, se dejaron ver a orillas del río Ramisi preciosos ejemplares de Little  Egret, Great Egret, Palm-nut Vulture, Kingfisher malachite,  Black kite, Madagascar bee-eaters y Giant Kingfisher, entre otros.

Sandbank, Funzi Island

Quedaba el fantástico baño en el “sandbank” (banco de arena), donde puedes sentirte un rato un Robinson Crusoe mientras decides si te remojas perezosamente en las aguas nada profundas de la derecha o te zambulles en lado izquierdo del canal, más profundo, por donde cruzan los dhows del día y algún que otro pescador a remo. Mohamed se echó a hacer la siesta con una camiseta tapándole la cara en este pedazo de desierto de blanco-amarillo cegador mientras yo disfrutaba de la “isla” para mí sólo, haciendo volar la imaginación.

Volvimos a Funzi para dar buena cuenta de los frutos del mar que había cocinado David: el espectacular festival de langosta, cangrejo, pescado, arroz de coco y ensalada superó mis expectativas, que no podían tener mejor remate final que unos dulces mangos que componían un cuadro de lo más artístico con el color amarillo de las flores que esparcieron por el mantel. Yo no venía aquí como “honeymooner” pero se agradeció…

Tras una siesta en la sombra, dimos una vuelta por el pueblo, donde además de descubrir un inmenso baobab centenario, pude por fin entablar conversación con la gente. Tomé café con un dulce casero (a base de azúcar y coco), compré un par de preciosas kangas a una de las chicas y me dejé convencer con el viejo truco del vendedor de libretas y lápices para los niños de la aldea: él te vende el lote para que tu mismo repartas el material entre los niños que te encuentras paseando. Un gesto al que es difícil negarse (a cualquier turista le hará sentirse bien este pequeño gesto de solidaridad efímera) y… que es doble: por supuesto que te venden los “notebooks” a un precio el doble o el triple del real, con lo que “repartes solidaridad” también al vendedor.

Aproveché mi papel de “Papa Noël” mzungu en pantalón corto para sacar alguna conversación en Swahili, que aquí hablan en la variante dialectal de Funzi, el Kifunzi (al igual que en Wasini Island hablan el Kivunda o Kiwasini, por ejemplo). No me fui de la isla, por supuesto, sin el regalo de algún  proverbio swahili para mi colección particular:

ASIYE NA DAU HANA MRAUKO (El que no posee un dhow no madruga)

Se lo saqué a Meame, la joven que vendía kangas. Es bonito y viene a significar que no vale la pena correr si luego vas a depender de otros, porque no puedes viajar por cuenta propia por falta de transporte. O algo así.

Aunque, teniendo en cuenta que estábamos en la solitaria Funzi, donde sólo hay una clínica abierta por la caridad británica y una escuela (para males mayores hay que ir hasta la clínica de Bodo o, mucho mejor, el hospital regional en Msambweni), hubiera sido más apropiado el methali (proverbio) que me dio Josephine, la mujer de la casa de Galu Beach, en Diani:

ASIYE NA WAKE ANA MUNGU (Quien no tiene a nadie, tiene a Dios). Porque “God cares”, decía… Es decir, Dios se (pre)ocupa de tí

Me fui de Funzi con un viejo deseo cumplido y el placer de haber descubierto un pedazo más de tierra Swahili de este Índico que se deja amar con intensidad por la gente de mar. Me cuenta Mohamed que hay el proyecto de construcción de un puente entre la isla y tierra firme, que debería estar finalizado en diciembre de 2018… Veremos si por aquél entonces cambian las cosas por aquí.

KWA HERI, YA KUONANA FUNZI MPENZI (adiós, hasta la vista, querida Funzi)

© Texto y fotos de Carles Cascón, 2017

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Tardes perezosas mascando miraa en Diani Beach

Galu Beach (Diani, Kenya), marzo de 2017.- En las sombras ventiladas de pequeños bares de barrio pasan algunos keniatas las tardes perezosas, desconectados del sol abrasasor de las playas de arena blanca que atraen a los turistas, y que a ellos les traen sin cuidado, por aburrimiento.

Mascan lentamente unos misteriosos tallos (miraa) u hojas tiernas (mugoka) mientras ven pasar las horas. Ambos son legales pero son algo diferentes. “Miraa is slow, like beer, and mugoka is quick, like spirit”, me resume una mujer mientras se lleva unas hojas a la boca.

Estamos en un bar y la gente masca en grupos delante de un refresco, Coca-Cola o Sprite por ejemplo. Mayoría masculina y joven. “No lo tomas solo, es algo de comunidad, social”, añade ella, que me desaconseja mascar con cerveza: “It’s wasting your money”.

Otro detalle: una bolsa de mugoka cuesta 50 Ksh pero un ramillete de miraa 350 Ksh (3,2 €), aunque dura “unas seis horas”. Probé la miraa en Harar (Etiopía), donde la llaman kat. La keniata que me ha invitado a charlar junto a su compañero de mesa dice que masca habitualmente y que con estas hojas de mugoka estás “activa, puedes hacer muchas cosas”. Otros no lo ven así: “you forget to do your work, no good”, me dirá después la del puesto de verduras…

La verdad es que aquella lejana tarde en una casa de Harar -octubre de 1997- se me hizo de noche entre tazas de humeante café etíope e incienso, y no recuerdo haber hecho gran cosa en esas horas livianas…

 

© Texto y fotos de Carles Cascón, 2017

 

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