Regreso a Kribi (Camerún) por carnaval – Mayi 2013 (I)

OLYMPUS DIGITAL CAMERAHay sitios que merecen, o piden a gritos, que vuelvas, y yo tenía además una cuenta pendiente con Kribi: llegar a punto para el desfile de carnaval del “Mayi”, la fiesta del pueblo Batanga. Esta vez no iba a perdérmelo… aunque, digámoslo de entrada: esto no es el carnaval de Salvador de Bahía. Estamos en un pueblo del sur del litoral camerunés y todo se desarrolla en sus justas proporciones. Con su encanto, su carácter y el carisma de su gente, eso sí. Y casi sin turista alguno.

La promesa, y el deseo, se materializaron. Y el 6 de mayo de 2013 me instalaba, según lo previsto, en mi hotel favorito, el Elabe Marin. Un modesto per encantador lugar frente al mar, alejado del centro pero junto a un barrio popular en la entrada del pueblo. Llegaba de una ruta por Camerún de varios días para regalarme la brisa marina de la bella Kribi y compartir con los amigos el programa de los festejos mientras recordábamos risas compartidas un año antes.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAOLYMPUS DIGITAL CAMERALa celebración arranca oficialmente el 1 de mayo con el homenaje a los fallecidos en 1914, la proclamación de la Reina de las Aguas “ItongoMayi” y la apertura oficial de la Feria cultural y comercial. Pero el punto álgido, decían, sería el día 9, a la mañana siguiente de la representación de la “Ópera” en la noche del 8 de mayo: el programa anunciaba culto ecuménico en la salle des fêtes de Mboamanga (7.30h), desfile-carnaval por las arterias de la ville de Kribi (8.30h), final de la lucha tradicional en la playa del Hotel Palm Beach (13h.) y baño ritual y popular en la misma playa (14h).

Habíamos “inaugurado” la Foire con una cena de pescado a la brasa y cerveza 33 pero el miércoles, antes de la representación de la “Ópera”, se me ocurrió acercarme al pueblo de pescadores de Ebodjé, parando a medio camino para visitar el famoso Rocher du Loup. Mi guía, al que acababa de dar vacaciones, no me consiguió un coche a precio razonable, así que improvisé a la africana. Llamé a un taxista amigo que conocía de la última vez, su móbil era el mismo y se presentaba al cabo de 15 minutos en la terraza del Elabe Marin para “discuter”.

La perspectiva de ganarse un par de billetes grandes por una jornada con un blanco no era nada despreciable, pero era un buen tipo y no me pondría ninguna prisa. Yo no tenía muchas opciones (viajando solo no puedes permitirte un 4×4 a tu disposición todo el viaje…) y acordé un precio con Abdou, incluído el carburante, para la excursión de un día, ida y vuelta, por una pista de estado incierto a lo largo de unos 55 quilómetros.

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Pista a EbodjéMapaSudCamerunSalimos a las 11 y me alegré de poner rumbo al sur acompañado de frondosos árboles, cada vez más grandes y altos. Pero pronto me di cuenta de que quizás no era la mejor época del año para ir a Ebodjé. Tras las lluvias, la pista no estaba en su mejor estado y teníamos que avanzar a un promedio de 30 o 40 km/h como mucho.

Asumí que estábamos en manos de Mama África. Abdou paró el taxi a la altura del Rocher du Loup y no dudó en entrar por la pista, pese al lamentable aspecto de la entrada. La vieja madera que alguien había colocado para salvar la cuneta crujió y se rompió bajo la rueda del taxi justo después de pasar. Seguimos por charcos y barro acariciados por las hojas que parecían querer engullir la pista. Le propuse a Abdou seguir a pie (temía por su taxi pero, ejem, también por nuestra vuelta antes de que cayera la noche) pero insistió en avanzar. Tu mandas.

Hay que decir que es imposible encontrar esta entrada si no se conoce. No había ni un triste cartel indicando el camino para avistar la roca con nombre de lobo. Sin Abdou habría pasado de largo. Una vez aquí, ya aparcado el vehículo, quedaba un buen trecho para andar, la mayor parte sobre la playa. A medida que nos acercábamos a la célebre roca, que yace en medio del mar a poca distancia de la costa, me iba preguntando dónde demonios veían la forma de lobo que le daba nombre… Miraba y miraba mientras nos acercábamos, pero nada. Misterio. “Hay turistas que salen de aquí en piragua y se acercan hasta la roca por el otro lado”, me contó Abdou. Bueno, quizás me pierdo la mejor vista, pensé.

Rocher du loup

Rocher du loup

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En realidad, según descubrí más tarde, el nombre podría venir de un malentendido. En el dialecto local estas piedras misteriosas en medio del mar se llaman “Elombo”, expresión que pudo desembocar en “lobo” (loup, en fancés) mediante algun visitante portugués o español, según la versión que cuentan los guías locales. Lo que sí está claro es que un halo de misterio y “misticismo” envuelve esta curiosa formación de roca negra, sobretodo en relación a su aparición (¿de la nada?). Algunos han alimentado historias sobre “consecuencias” sufridas por vehículos que se han acercado demasiado, por lo que recomiendan acercarse sólo a pie. Y no aventurarse a entrar en sus aguas habitualmente agitadas. Incluso aseguran que los pájaros se posan sobre las rocas circundantes… pero nunca sobre el Rocher du Loup.

En fin… Lo mejor, pues, fue el paseo por una playa desierta e infinita, en medio de la nada, atravesando a pie un pequeño canal de agua. La sombra bajo los árboles inclinados, el silencio y el mar.

Retomamos el camino hacia Ebodjé, de la cual me atraía un proyecto de ecoturismo que incluye, además de un pequeño alojamiento, un programa de protección de tortugas marinas y posibilidad de ver cómo ponen los huevos en la playa.

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La realidad es que, más que un pueblo, es una minúscula aldea de pescadores donde… ¡no encuentras pescado a la brasa! Para el alojamiento había que llamar antes y reservar, así que además de dormir, tampoco se podía comer allí. Y la temporada de tortugas empieza en… octubre. Difícil encontrar al que tenía la llave, y el pequeño museo de las tortugas estaba, asimismo, cerrado. El hambre empezaba a apretar y no parecía haber muchas opciones. Una desangelada tienda en la que habíamos entrado a preguntar podía tener algo de comida… Pero en este somnoliento y oscuro lugar, donde se amontonaban decenas de cocos casi en mitad de la entrada, sólo había “sardinas en lata, corned beef y algo de pan”. Mmm, nos miramos. Después de la pista y la caminata bajo el sol nos merecíamos algo mejor, algo así como una barracuda fresca de un par de quilos.

Bajamos otra vez hasta el museo con la esperanza de encontrar a alguien que pudiera cocinarnos algo. Fiasco. Volvimos a la tienda, esta vez pensando que las sardinas con pan podrían estar sabrosas cuando tienes un apetito voraz. La respuesta nos dejó atónitos: acababa de venir un niño para arramblar con lo poco que quedaba, nos soltó el hombre, impertérrito (!). ¿Cómo? Pero si hace 10 minutos… Acto seguido se defendió con un argumento que me intrigó. Nosotros habíamos “rechazado” (refusé) su comida y no habíamos “comandé”, es decir, no habíamos encargado nada… El pueblo parecía desierto a aquella hora sofocante, con las pocas almas residentes haciendo la siesta, así que me costaba imaginar a unos niños saliendo a comprar sardinas y una triste lata de corned beef. ¿Venganza por orgullo? ¿Verdad? Nunca lo sabremos…

Por suerte, encontramos al tal Jacques, el que lleva la Casa de las Tortugas, y le pregunté si en su propia casa alguien podía improvisar unos spaguetis con lo que fuera. Hizo una consulta (a su hermana) y… c’est bon. Salvados.

Ebodjé

Ebodjé

Con el menú de lujo encargado y la olla hirviendo sobre un fuego de leña, nos fuimos a relajar a la estupenda playa del pueblo, junto a las piraguas de los pescadores. Una arena virgen bendecida por la sombra de los manglares, una agua limpia y la sensación de haber ganado el paraíso. No aparecerían las tortugas, vale, pero el baño supió a gloria. Lejos del mundo, en plena naturaleza salvaje.

Cuando nos íbamos a comer, hacia las 4 de la tarde, apareció una oronda francesa que buscaba un paseo en piragua con su novio camerunés. Atención porque es la pareja que habíamos visto en moto por la pista de entrada al pueblo y… ¡venían de Kribi! Y tenían que volver el mismo día, claro.

Ebodjé

Devoramos los espaguetis con tomate con un calor sofocante, sudando la gota gorda, pero felices. Afuera, un grupo de niños de varias edades se disputaba un balón.

La vuelta a Kribi se hizo más corta. Salimos de Ebodjé a las 17.08h para llegar a las 19.20h al hotel Elabe Marin. Una ducha reparadora y.. ¡a la ópera!

Bueno, aquí cuando se dice ópera es otra cosa. De entrada, la puntualidad no es la misma que la del Liceu. En el animado barrio de Mboamanga, la Sala de Fiestas estaba bastante llena desde las 20h, la hora anunciada, pero… Tras la espera, un bocadillo y un zumo pillados por ahí, comprar y hojear el programa oficial del Mayi 2013 (2.000 CFA)… dos horas más tarde empezaban a llegar autoridades y los discursos arrancaban a las… 22.30h. Hora camerunesa, ya me habían avisado.

Como comenté en los posts del viaje del año pasado a Camerún, el Mayi es la fiesta del pueblo Batanga (Mayi ma koho ya etomba) que recuerda la “deportación” (o “evacuación”, aquí hay matices en discusión) de miles de personas en 1914 a raíz de la Primera Guerra Mundial, en la que ellos no eran parte beligerante pero sufrieron las consecuencias. Salieron en barcos para instalarlos en los faldas del Monte Camerún, en el sudoeste británico.

El Mayi recuerda, además de las más de 8.000 muertes por esta deportación, el regreso del pueblo a su tierra en dos grandes flujos migratorios: el 14 de febrero y el 9 de mayo de 1916. Para empezar de cero.

OLYMPUS DIGITAL CAMERALa “Ópera” es un teatro musical en la que actores aficionados de edades muy diversas interpretan pasajes de su historia junto con canciones y danzas. El equipo de sonido no era muy bueno, los discursos no se entendían demasiado y, tras algunas escenas, decidimos probar suerte en la Feria. Y, de paso, recuperar fuerzas con una buena barbacoa a base de pescado, pollo y cerveza.

Bibiane Sadey

Bibiane Sadey

Foire de Kribi

Buena elección. Especialmente por la música que nos esperaba sobre el escenario. Actuaban un par de figuras conocidas de la escena local y nacional y, de paso, descubrí la voz de la joven kribiense Bibiane Sadey. Con su guitarra acústica, exhibió un notable talento y pensé que, quizás, algún día podría convertirse en la nueva Charlotte Dipanda. Mientras le sacaba unas fotos conocí a su mánager… y padre. Se me presentó y tuve con él una agradable conversación.

Esa noche hice también algo importante para el Mayi: comprar el uniforme (una camisa de vivos colores con estampas del pueblo Batanga) que llevaría al día siguiente en el desfile de carnaval con la sirena. Con el diseño de este año iba, imprescindible, la gorra con visera a conjunto. Poca broma con el sol de Kribi.

Una buena muestra de danzas regionales y modernas cerraron aquella interesante noche en la Foire, la más animada desde mi llegada. Pero no era momento de trasnochar. Al día siguiente las primeras comparsas estaban anunciadas a las… ¡nueve y media de la mañana!

P.S. Entre Kribi y Ebodjé se está construyendo un nuevo puerto de aguas profundas. Ello ya está alentado la especulación en la zona, con lo que no es difícil recibir ofertas para comprar terrenos o parcelas. Huelga decir que hay que ir con mucho cuidado en un país donde los (supuestos) títulos de propiedad no suelen ser una gran garantía…

© Texto y fotos de Carles Cascón, 2014
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Acerca de Carles Cascón

Periodista y fotógrafo de Sabadell (Barcelona)
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