Kenia 2014: swahili, surf y walking safaris

Kenya 2014

Marzo 2014.- En Kenia, país turístico por excelencia en África y primer destino de los paquetes de safaris, se puede viajar (y vivir) de muchas maneras y con presupuestos muy dispares. Éstos pueden variar en una proporción de 1 a 20 en función de si te mueves por el circuito local o el mzungu. Puedes conseguir una sencilla pero apañada habitación (con baño privado -selfcontained room, la llaman- y ventilador) por 1.000 Ksh (8,4 euros al cambio) o puedes regalarte un memorable lodge en un parque natural por cerca de 200 euros la noche, o incluso mucho más si buscas el verdadero lujo.

Y puedes comer un menú más o menos europeo por un precio ídem o hincharte de ugali con maharagwe (puré de maíz con frijoles, normalmente con una deliciosa leche de coco) o arroz con samaki (pescado) por menos de 2 euros.

Yo tenía claro, de entrada, que mi vuelta a Kenia tenía que ser lo más low-cost posible (dentro de lo razonable), en parte para poder permitirme al final de las dos semanas uno de los tres puntos fuertes de mi viaje: el curso básico de tres días de kite-surf en la maravillosa playa de Watamu. De mi capacidad de ahorro dependía hacer el curso. Tendría alguna ayuda: una familia amiga me ofrecía habitación en Malindi y otra en Kakamega.

Los otros dos propósitos (o pretextos: en realidad cualquier razón es buena para volver a África) eran el swahili y los walking safaris, es decir, excursiones a pie por la naturaleza para ver animales, aunque no depredadores, claro.

Swahili: quería poner a prueba, y disfrutar por encima de todo, mi swahili (o Kiswahili) aprendido en Zanzíbar en 1998 y con un excelente profesor catalán en Barcelona, Marc Galvany. Una lengua que he practicado y alimentado en sucesivos viajes y he mantenido viva con libros, diccionarios o internet desde mi última visita al Este de África en 2006, concretamente a Lamu (Kenia).

Los tiempos han cambiado desde aquél lejano curso intensivo de dos semanas en el Taasisi ya Kiswahili na Lugha za Kigeni (Institute of Kiswahili and Foreign Languages) de Stone Town, Zanzíbar, alojándome en casa de una familia de Michenzani para una mejor inmersión lingüística. Volví a Tanzania, claro, ya como amigo de la familia, para mejorar un poco aquél swahili rudimentario. En Zanzíbar se aprende la variante Sanifu, que es considerado el más puro o estándard para todos los hablantes que pueblan África Oriental, sobretodo Kenia y Tanzania pero también Uganda, Congo y norte de Mozambique.

De aquellos años en que el teléfono móvil aún no era para nada omnipresente en África (había que acordar un día y una hora con alguien para llamarle a un teléfono fijo, a menudo en casa del vecino) y en que para enviar un mail desde Zanzibar tenías que sentarte en un odenador de la oficina de correos y pagar por el mensaje, hemos pasado a charlar en swahili a través del ordenador: skype, whatsapp, Facebook, Twitter…. Y si no tienen ordenador a mano, pues con el móvil.

Con Shee Bakari, el “captain” con el que navegaba siempre en dhow por los islas del archipiélago de Lamu, nos pasamos un largo tiempo enviándonos proverbios swahili por SMS.

Él no utilizaba internet (por otra parte con constantes problemas de conexión y velocidad en Lamu Town: “come again tomorrow”) pero, como sabía que yo coleccionaba “methali” (proverbios) de todos los rincones de habla swahili, cada vez que se acordaba de uno me lo escribía y mandaba desde el móvil, quizás mientras navegaba por las cálidas y poco profundas aguas del Índico, entre manglares, yendo o viniendo de Pate, Matondoni, Manda Toto o Kiwayuu…

“Nimechoka kutanga tanga, hapa tatia nanga” (estoy cansado de dar vueltas por el mundo, aquí suelto mi ancla) podía ser uno de ellos. También me añadía algunos en la variante local, el Kiamu, un dialecto del swahili que hablan los Badjuni de la zona de la Lamu.

En fin. Volver a Kenia, pues, significaba de nuevo lanzar el ancla, por unos intensos días, en esta cultura y lengua originaria de la costa, fruto del encuentro cultural entre los pueblos bantús y los comerciantes árabes, persas e incluso hindús con algo de la influencia europea. Costa y mestizaje: sabrosa mezcla.

Walking safaris: ¡Nada de coches ni, mucho menos, 4×4! Por presupuesto, por elección personal y por principios. Yo quería disfrutar de la madre naturaleza de Kenia a pie, en contacto directo. Sin asustar a los animales con el ruido del motor. Sin tener que compartir un vehículo con un grupo de blancos. Y sin pasarme horas y horas sentado dentro de un coche esperando que los leones despertaran de su letargo. Quería andar entre los árboles, pasear entre zebras, impalas y girafas, observar pájaros y monos. ¡Largas horas de caminatas por el bosque y la montaña! Eso es posible, y para nada caro.

Así, descubrí que hay unos pocos parques nacionales en Kenia que pueden visitarse a pie y donde algunos mamíferos salvajes campan a sus anchas, ajenos a la plaga del todoterreno. Son el Kakamega Forest (en el Oeste, cerca de Kisumu y el lago Victoria), el Arabuko Sokoke Forest (cerca de Watamu, en la costa), y tres más en el área del lago Naivasha: Crescent Island, el Crater Lake y el impresionante Hell’s Gate, que también se puede recorrer en bicicleta.

Un vistazo al precio de las entradas a los parques, fácilmente accesible a través de la web del Kenya Wildlife Service, daba más información útil: visitar Amboseli y Nakuru cuesta 90 $ la entrada por persona (vehículo y guía a parte), mientras que para los parques citados al principio, considerados de “especial interés” pero no en el “top”, sólo pagas entre 25$ y 30$ (entre 18 y 22 euros), con un guía privado que suele cobrar unos 1.500 Ksh (12 euros) por un circuito de unas 3 horas.

Busqué alternativas más baratas en el famoso Lago Nakuru (me resistía a perderme el espectáculo de los flamencos) pero, aún durmiendo en casa de una familia (1.500 Ksh con desayuno y cena), no me libraba de los 90$ y el alquiler de un coche por el que me pedían la desorbitante cifra de unos 100 euros, algo menos a través de un conductor privado mediante un amigo. Y unirme a un grupo de una agencia, opción por otra parte complicada si se busca una fecha concreta, no estaba en mis planes.

Por cierto, el gobierno keniata ha tenido la brillante idea de subir las “fees” de los parques este año, entre un 10 y un 15 por ciento. El de Nakuru ha pasado de 80$ a 90$. Y eso que el turismo cayó en Kenia el año pasado más de un 7 por ciento por efecto de los atentados terroristas (Westgate Center de Nairobi).

Conclusión: bye bye Nakuru, hello Naivasha.

Surf: no es que me fuera a Kenya a practicar kite-surf. Pero, aprovechando que iba… Las condiciones que me ofrecía a prirori la playa de Watamu y que no encontraría en marzo en Castelledefels o Sant Pere Pescador: muy alta probabilidad de viento, aguas cálidas, poco profundas y cristalinas, centenares de metros de arena blanca sin bañistas y… ¡el calor africano! Al diablo el traje de neopreno, que allí es verano todo el año, amigos. Un centro que encontré por internet, el Tribe Watersports, me ofrecía el curso básico de 3 días (9 horas en total) a un precio algo más bajo que lo que me costaría en Barcelona. Así que…

Temporada baja: sólo faltaba materializar mi sueño con un billete de avión asequible. En diciembre, enero y febrero es temporada alta en Kenia, y en abril empiezan las fuertes lluvias. Es el mes en el que la mayoría de expatriados vuelven por un tiempo a su país, si pueden. Marzo es un mes muy interesante porque los hoteles se vacían casi por completo a la espera de la inminente estación lluviosa… pero aún con muy poca lluvia.

Me aconsejaban ir más a principios que a finales de marzo, por si acaso. Además empiezan las vacaciones en las escuelas: la gente tiene más tiempo libre y te puede acompañar. Se respira un fuerte calor, ese calor previo a la tormenta… pero es puro verano tropical: ideal estar cerca del mar, para mitigarlo con la brisa marina.

En estas condiciones es muy fácil regatear el precio de las habitaciones. Te puedes dar pequeños lujos en resorts de playa consiguiendo habitaciones inmensas a mitad de precio. Hakuna matata, todo es negociable. Fantástico cuando llevas unos días durmiendo por 1.000 Ksh y de repente tienes vista al mar, playa desierta de arena blanca, piscina y aire acondicionado en una impresionante suite con terraza por 4.000 Ksh, que te parece caro (en términos keniatas) hasta que calculas que son… ¡poco más de 30 euros! Un día es un día, ¿no?…

Por la misma razón, tenía que haber billetes a Nairobi a precio rebajado. Acerté, y no necesariamente con la Türkish con escala en Istanbul. Con mejor conexión, encontré uno en KLM por 540 euros (precio final, aunque sin ningún derecho a cambios o cancelaciones). Teniendo en cuenta que el vuelo regular Barcelona-Nairobi no baja de los 900 euros, me parecía un escándalo dejarlo escapar. Tendría que volar esas fechas, pudiera o no, pero… ¡es que era justo lo que quería!

 

Safari njema” (buen viaje, en swahili)

Corrí a mandar mensajes a todo el mundo y a atar los últimos cabos de un viaje que llevaba semanas preparando y soñando. Como siempre, viajaría solo, pero no estaría solo. Esto es África.

 

Karibu Kenya, rafiki” (bienvenido a Kenia, amigo)

Ahsante. “Milima na milima haikutani lakini binadamu hukutana” (“Gracias. Las montañas nunca se encuentran pero las personas siempre acaban encontrándose”).

 

 

© Texto y fotos de Carles Cascón, 2014
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Acerca de Carles Cascón

Periodista y fotógrafo de Sabadell (Barcelona)
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