“Ecuatoria”, ¿el gran libro del África post-Kapuscinski?

Bar de Brazzaville, 2010

Bar de Brazzaville

Para los que sufrimos el “mal d’Afrique”, nada mejor para combatir este frío que un viaje al sur, a poder ser no muy lejos del Índico. Si no hay presupuesto ni tiempo, nos queda la literatura. En los últimos meses me he autorecetado cuidados paliativos a base de páginas del camerunés Patrice Nganang (Temps de chien), el congolés (de Brazzaville) Sonny Labou Tansi (Les sept solitudes de Lorsa Lopez) -buscaba La vie et demie, sin éxito-, el kenyata Binyavanga Wainaina (Algún día escribiré sobre África) o el reportero barcelonés Xavier Aldekoa (Océano África).

Últimamente prefiero a autores africanos -aunque mayormente de ficción- que europeos, a los que habitualmente lastran defectos bastante comunes para mi gusto: exceso de ego; hablan más de viejas aventuras de exploradores blancos que de la vida de los africanos de hoy; ausencia de verdadera inmersión en la cultura; tendencia al dramatismo oenegenista/periodismo de guerra agitaconciencias; y, en mi humilde opinión, una incomprensible falta de sentido del humor, el que caracteriza siempre a los africanos por muy desesperada que sea su situación.

EcuatoriaUna gloriosa excepción, o al menos en parte, es, para mí, Equatoria, libro del francés Patrick Deville (1957) que me atrevo a presentar en el título, quizás exageradamente, como “el gran libro del África post-Kapuscinski”. ¿Por qué? Además de estar extraordinariamente bien narrado y de cruzar con maestría las vidas de Pierre Savorgnan de Brazza, Livingstone, Stanley, Joseph Conrad, Albert Schweitzer o Jules Verne con las de Tippu Tip, Jonas Savimbi, Kabila, Karume, Mobutu, Sassou Nguesso o el mismísimo Che Guevara en el África contemporánea que él pisa y describe tras los pasos que siguió el propio Brazza, el libro no pretende “explicar/descubrir África” al europeo ni se instala en consideraciones generalistas o reflexiones humanistas sobre el continente. Es una inmersión fascinante de múltiples ángulos y matices, profusamente documentada y admirablemente tejida con un lenguaje conciso, a partir de un hecho concreto: la inauguración, en 2006 en Brazzaville, de un costoso mausoleo que albergará los restos del franco-italiano Pierre Savorgnan de Brazza, fundador de la capital del Congo en 1872.

¿De qué va?

Alrededor de este proyecto, ideado curiosamente por el antiguo marxista Denis Sassou Nguesso, y empezando por el controvertido envío de las cenizas de Brazza desde el cementerio Moustapha de Argel, en el bulevar des Martyrs, Ecuatoria abre caminos llenos de historias suculentas desde la isla de São Tomé, al oeste, hasta Zanzíbar, en la costa este africana. Pasando por Gabón, Angola, Tanzania y, por supuesto, el Congo. Exploraciones y vidas del pasado con impresiones del presente.

En los escenarios de Brazza, como el reino Teke, Patrick Deville traza, con pasión y un estilo sorprendente que ya brillaba en el magnífico Peste & cólera (sobre el descubridor del bacilo de la peste, Alexandre Yersin), un puñado de vidas paralelas… que ocasionalmente se cruzan. O casi. Interesante, por ejemplo, cómo entra en escena, en la primavera de 1913, “algunos años más tarde de la prematura muerte de Brazza”, una pareja que remonta el río Ogooué en Gabón a bordo del vapor de ruedas Alembé. “El hombre, de gran estatura, lleva bigote, casco colonial y un traje blanco. La mujer, de falda blanca y un casco colonial. Son los primeros en remontar el Ogooué con un piano”.

Se refiere al médico y teólogo alemán Albert Schweitzer, claro, y va camino de Lambaréné, donde construirá su hospital en medio de la selva. Pero en ese momento, tras su escala en Port-Gentil procedente de Tenerife y Dakar, al futuro Premio Nobel de la Paz (1952) le preocupa mucho que su piano con pedales de órgano, construido especialmente para el trópico, llegue bien a su destino.

Brazza, que tal vez persiguiendo sus sueños de infancia quiere ser un nuevo Livingstone -éste muere cuando Brazza hace escala en Gabón en 1873-, pasará a la historia como un descubridor de ríos (remontó el Ogooué y el Oubangui, y afluentes como el Mpassa, el Léconi y el Lefini), así como el explorador que frena la esclavitud y abre la colonización del futuro Congo Francés, en el que impuso una gestión mucho más benevolente con la población local que el dispensado por los enviados de Leopoldo II de Bélgica.

De origen italiano y nacionalizado francés, la pista de Pierre Savorgnan de Brazza (Castelgandolfo, 26 de enero de 1852 – Dakar, 14 de septiembre de 1905) sirve de excelente pretexto a Patrick Deville, en cualquier caso, para su envidiable periplo africano hacia las orillas del Índico surcado por los dhows swahili por navegantes de kanzu blanco y kofia. Allí, desde donde Verne hacía despegar su famoso globo, y no muy lejos de la playa de Bagamoyo adonde llegan los restos momificados de Livingstone, evoca la revolución zanzibareña. Fin de un largo y apasionado viaje, en el que quizás no hay mucho espacio, entre tantas vidas ilustres, para la cotidianedad y el humor africano que siempre echo en falta en literatura de este género, pero que cautiva de prinicipio a fin.

Un de las virtudes del libro, a mi modesto parecer, es condensar en capítulos de apenas tres o cuatro páginas, tanta información de fuentes tan diversas y narrarla de manera concisa con certeras pinceladas descriptivas. Un crítico de Le Monde habla de “obra híbrida”, que pasa de una época a otra y explora los territorios de la ficción y no-ficción, y que “logra cambiar la perspectiva, romper con la visión eurocéntrica”.

* Publicado por primera vez en 2009 por la francesa Éditions du Seuil, Ecuatoria se ha editado en castellano en Anagrama en 2015 con traducción de José Manuel Fajardo.

 

 

© Texto y fotos de Carles Cascón, 2015

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Acerca de Carles Cascón

Periodista y fotógrafo de Sabadell (Barcelona)
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