Kitesurf en Kenya: regreso a mi pequeño paraíso

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Galu Beach, Diani (Kenya). Febrero-marzo de 2016. Hay lugares que parecen hechos a la medida de nuestro particular Paraíso y he vuelto al mío sin dudarlo. Y sin rodeos, esta vez con un vuelo directo desde Nairobi.

Volver al Kenyaways a lomos de un boda-boda (moto-taxi), sintiendo el viento con olor a mar y palmeras en la cara bajo un “JUA KALI” (sol abrasador, en swahili) que sabe a gloria en estos dos últimos días de febrero de un año bisiesto.

Bajar el camino, saludar a Stephen en recepción – “HABARI ZA SIKU NYINGI”, “KARIBU TENA”, etc.- y contemplar de nuevo el azul turquesa y el blanco cegador de la arena, como una visión benefactora para el alma marchitada por la ciudad gris e invernal, enmarcada por la ventana del restaurante del Kenyaways, el relajante Lymingtons Bistro (“now under new management”). Como una postal perfecta que me dará la bienvenida un montón de veces las próximas dos semanas.

 

Encontrar abierto el centro de Kitesurf H20 Extreme, al lado de la barra del Lymingtons y al borde mismo de la arena. Saludar al staff, que conversa en el banco de madera y la hamaca, y a Boris, director del centro. Y empezar a cruzar los dedos para que el viento azote con fuerza los próximos días. Presiento que ha llegado mi despegue definitivo con el kite tras unas últimas sesiones algo frustradas, sin avances notables.

 

“Beware of monkeys”, recuerda el cartel del jardín. Los que no temen a los tirachinas de las camareras conseguirán alguna tostada o fruta en un descuido.

 

-VIPI MAMBO, RAFIKI. KARIBU

 

Me alojo esta vez en los Frangipani Cottages, que ha sido todo un hallazgo para mí, que viajo con presupuesto ajustado. Thomas Spitzer, músico de rock austríaco muy conocido en el área germánica por su grupo Erste Allgemeine Verunsicherung (EAV) y que lleva en Kenya unos 20 años, es mi anfitrión. Él y su pareja, la joven alemana Nora, me alquilan un cottage con cocina por 18 euros al día. La pequeña terraza y el jardín con piscina me saben a gloria. Lo encontré en Airbnb. Pagué dos noches por adelantado a través de la web y esperé a ver el sitio antes de alargar la estancia.

 

Galu Beach

Galu Beach

Cierto que en Diani los turistas que acaban aquí sus vacaciones tras los pertinentes safaris prefieren un hotel confortable a pie de playa. Aunque no me interesan para nada los grandes resorts, confieso que sería un placer quedarme en el Kenyaways, pequeño y encantador en la tranquila playa de Galu, con su propia kite school: mi personal paraíso secreto, no se lo digáis a nadie. Pero necesito algo más asequible para unas dos semanas. Frangipani está a unos pocos minutos andando del mar, al otro lado de la carretera que cruza Diani Beach de punta a punta. Dos calles más arriba del Diani Post Office. Nora me ha prestado su mountain bike y es un corto paseo pedalear a primera hora de la mañana (antes que el sol suba demasiado), a pillar algo de desayuno antes de prepararme un café en el cottage.

Un par de mangos, una papaya o plátanos, depende del día, en la frutería de la esquina. Y una riquísima tarta de manzana (apple crumble) del Kokkos Café & Bistro, por ejemplo.

Thomas de remojo en la piscina de cintura para abajo, como cada mañana a primera hora, trabajando en el portátil bajo la sombrilla y fumando sus cigarrillos. Un día descubro que se mete allí en pelotas.

 

Tras el desayuno, alcanzar a pie la carretera para parar un boda-boda (una moto-taxi) o un tuk-tuk (más barato pero más lento) hasta el Kenyaways, a unos 5 quilómetros y medio, justo después del Blue Marlin.

 

A esperar al viento.

No wind, no kite.

Sesión de Paddle Surf (SUP) un día sin viento

Si el viento es flojo, la alternativa es un par de horas de paddle surf, por ejemplo, y conversar en swahili con los pescadores que me encuentre en el agua con su pequeño dhow o un simple bote para lanzar el anzuelo. Jugar a vóley, andar por la arena, darse un baño o dejarse mecer por la brisa del mar en la hamaca, conversando con los dos Jumas (el grande y el pequeño), Salim o los instructores de la Kite School.

Un paseo a vela con captain Juma –otro Juma, con el que ya navegué el año pasado- hasta Robinson Island y hacer snorkel en el arrecife. O organizar un dhow hasta Chale Island, quizás hasta Funzi.

Para el kite hay que esperar. Paciencia. Pero, como digo yo, siempre es mejor esperar al viento en el Paraíso que esperar el autobús en la ciudad…

O como me consoló un kiter hablando de las frustaciones del aprendizaje, “the worse day at kite is better than the best day at the office”…

La frase habitual: “Maybe later”. O “maybe tomorrow”…

Siento cerca mi despegue definitivo. I feel it.

PENYA NIA PANA NJIA. El proverbio swahili suena en mi cabeza como un viejo mantra: donde hay un propósito, hay un camino.

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Almorzar en el Lymingtons el “catch of the day” (un delicioso red snapper con smashed papatoes, por ejemplo), o en plan rápido un veggie-burger para coger fuerzas para la sesión de kite. Buena comida, almohadas, zumo fresco de maracuyá, wifi, una luz increíble y la bendición de la brisa marina en estos días de “JUA KALI SANA”. Sonrisas entre los habitantes de este multicolor rincón de Kenya: familias africanas o europeas, surferos de distinto pelaje, unos entrañables y educados jubilados británicos charlando cada tarde en la barra como en un pub, pero en manga corta.

 

El Lymingtons está bien, pero no tardo en encontrar comida kenyata a precio kenyata. En el Africa Pot, por ejemplo, preparan un buen ugali con samaki (pescado) y mchicha (una especie de espinacas). Pero descubro que en el mismo Kenyaways… hay un pequeño puesto de comida oculto a la vista, en la parte interior del jardín, donde una mujer cocina comida tradicional para los empleados del hotel y el restaurante. A un precio africano, por supuesto. No se lo digáis a Stephen, pero me escapo allí a comer ugali, arroz o unas maharagwe (frijoles) con chapati por sólo 3 o 4 euros. Los monos merodean aquí a sus anchas, y aunque la cocinera intenta alejarlos con el tirachinas, no hay que perder de vista el plato en ningún momento…

 

No siempre encuentro ugali. Se termina pronto, a mediodía. Y en mis horarios en función de los vientos (y de la despreocupación) no es raro que sólo encuentre chapati y maharagwe. Así que acabo adaptando el conocido proverbio CHELEWA CHELEWA UTAMKUTA MWANA SI WAKO (si llegas tarde te encontrarás que el hijo no es tuyo): CHELEWA CHELEWA UTAMKUTA UGALI SI WAKO.

Se ríen. Los WAZUNGU solemos llegar tarde a los sitios. Y nos quedamos sin ugali: se lo han zampado ellos.

H2O Kite school

H2O Kite school

Me encanta conversar en swahili con el staff del H2O Extreme, aprender nuevos proverbios y curiosidades de Kenya. Incluso los beach boys, pesados a veces, te pueden dar interesante conversación si sabes llevarlos a tu terreno.

No es difícil imaginarse a uno mismo pasando aquí una larga temporada, sin duda.

Contra todo pronóstico. Yo, que siempre he buscado islas pequeñas y alejadas del mundanal ruido para una mejor inmersión cultural, que me he dejado seducir por la tranquilidad de Ibo, Ilha de Moçambique o las Querimbas (en Mozambique), Wasini Island y el archipiélago de Lamu con sus pescadores bajuni y su tradición swahili (en Kenya), o Corisco (Guinea Ecuatorial)… no tenía grandes expectativas puestas en la turística Diani, con su larga estela de hoteles, bares y –me temía- demasiados beach boys. Pero África tienes estas cosas, te cautiva sin avisar.

Sospecho que, por encima de todo, es la luz lo que me fascina. Una luz tan pura que te invade y te posee.

 

De acuerdo. Kite, playa, hamacas, pescado, terrazas en la arena y cervezas bien frías pueden dibujar una África irreal, una de esas burbujas para blancos fugitivos del frío y el estrés. Pero uno encuentra lo que busca. Mi instructora de kite, una joven checa que pasa aquí un total de tres meses combinando trabajo y placer con un ritmo de vida bastante austero, busca ratos para aprender a preparar chapati o ugali con cocineras kenyatas y para ampliar su incipiente vocabulario básico de swahili. Está en una nube de felicidad, y no es difícil ponerse en su piel: “lo vivido aquí en tres meses es como tres años para mí”, me dice. Aunque no pierde de vista, añade, de que todo esto tiene su lado “superficial”. Incluso su parte negativa, que afecta principalmente a las neuronas: “Noto que mi cerebro se vuelve realmente perezoso por el poco ejercicio mental. ¡Hay días que me siento… idiota!”, se ríe.

 

Y un par de historias africanas. Baño de realidad

Liz, la directora de la ONG Young Mother Kenya (YMK), que visité el año pasado (ver reportaje en este post), está en Mombasa y no podremos encontrarnos esta vez. Me manda un mensaje desde allí con malas noticias: me avanza que han perdido la financiación alemana y se ven obligados a “reorientar el proyecto”.

Uf, qué pena. (Unos días más tarde me dará más detalles por mail: han pasado a hacer el trabajo puerta a puerta, buscan fondos de ayuda para adquirir un nuevo terreno…). Una noticia triste, sin duda. Me pide ayuda para encontrar nuevos y serios espónsors.

África siempre a punto para darte un baño de realidad. No hay más que conversar con la gente.

Me despido con otra historia, la de una joven camarera (que llamaré Sandy) de uno de los bares de playa de moda en Diani, y uno de mis favoritos. Sandy entra a trabajar a eso de las 11 de la mañana y no sale hasta la noche, a menudo ya de madrugada. De lunes a domingo, sólo libra un día al mes. Pero de vez en cuando viaja al sur de Somalia a visitar a lo que queda de su familia. Mitad somalí, mitad kamba, perdió a su padre en la guerra en Somalia y cuando ella tenía 13 o 14 años escaparon a toda prisa a buscar refugio al sur, en Kenya. Ahora tiene 24 años y su madre cuida de la abuela en Murtha, un pueblo del sur de Somalia conocido también como Hola.

De vez en cuando, es decir, cuando puede, va a visitarlas. Porque necesita una semana para… poder estar solo un día (!) con ellas: el viaje son tres días de ida y tres más de vuelta. Se va a Mombasa y desde allí coge un autobús, que por cierto no es barato: 5.500 Ksh por trajecto, unos 50 euros al cambio actual. Una semana de viaje, muchas horas en la carretera que recorre la costa norte de Kenya hasta la peligrosa Somalia y 100 euros de transporte para compartir una sola jornada con su madre y su abuela. Por supuesto, tiene que pedir permiso especial en el trabajo y va a cuenta de sus días libres.

Lo que más me impacta es que esta pequeña chica asume un recorrido sola, en transporte público, que seguramente pocos blancos se atreverían a hacer ahora mismo. Tras los últimos atentados de Al-Shabab en tierra kenyata, como la matanza de Mpeketoni, muy cerca de Lamu (junio de 2014), y sin olvidar la masacre en la Universidad de Garissa (abril de 2015), el norte del país es una de las zonas que se recomienda evitar a los extranjeros.

Cuando le preguntas a Sandy si no le asustan los peligros de la carretera, se encoge de hombros. Como diciendo: “no choice”. No hay otra opción.

Era un miércoles, había “Taarab Night” en el bar con un grupo en directo y habíamos empezado la breve charla en la barra del fondo con unos proverbios swahili. Ambiente relajado, mezcla de kenyatas y wazungu. Chicos y chicas de Diani con peinado afro pero “brazilian style”, muy cool ahora mismo.

El coraje de los africanos nunca deja de sorprenderme y darme lecciones.

-¿Cómo era “sonrisa” en swahili?

-TABASAMU. NAPENDA TABASAMU YAKO

 

© Texto y fotos de Carles Cascón, 2016

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Acerca de Carles Cascón

Periodista y fotógrafo de Sabadell (Barcelona)
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